Fue una arquitecta, diseñadora y pensadora cultural nacida en Roma en 1914, que se radicó en Brasil en 1946. Allí desarrolló la mayor parte de su obra, convirtiéndose en una figura clave de la arquitectura moderna latinoamericana. Su mirada única combinaba el rigor del modernismo europeo con una profunda sensibilidad hacia la cultura popular brasileña. Además de arquitectura, trabajó en diseño gráfico, escenografía y curaduría, siempre con una visión humanista y comprometida con la transformación social.
Se centraba en entender la arquitectura como una herramienta al servicio del pueblo, no del poder. Lina creía que los espacios debían invitar a la convivencia, a la participación y a la apropiación por parte de sus usuarios. Por eso, rechazaba el elitismo y buscaba una arquitectura accesible, funcional y viva. Le interesaban especialmente los saberes populares, las costumbres cotidianas y el diseño artesanal. Veía en ellos una riqueza cultural auténtica que debía ser respetada e incorporada en los proyectos.
Se apoyó muchas veces en materiales brutos como el hormigón, el ladrillo y el vidrio, lo que acercó su obra al estilo brutalista. Sin embargo, su brutalismo era cálido, sensible y con un fuerte contenido social. No diseñaba para exhibir edificios como objetos estéticos, sino para que fueran espacios flexibles, habitables y cambiantes, capaces de adaptarse a las necesidades de las personas. También integraba la naturaleza, el juego, y las relaciones humanas dentro de sus estructuras.